Mi estancia en Nueva York dio para mucho. Entre otras cosas, para escribir un pequeño libro de reflexiones titulado Desde mi ventana. A continuación, reproduzco algunos de sus pasajes.
5 de junio
Cielo gris. Lluvia constante. Frío. Otoño en plena primavera.
La gran ciudad despierta, un día más, bajo un oscuro manto de nubes y bruma. Al mirar hacia arriba confundimos el gris del cielo con el gris de los edificios y con el gris de nuestro propio estado de ánimo. Si fuéramos capaces de observar la ciudad desde las alturas, divisaríamos, entre la persistente lluvia, un incesante enjambre de paraguas de todas las formas y colores imaginables. Un toque de color que anticipa la primavera que tanto se está haciendo esperar, pero que inexorablemente terminará llegando a la Gran Manzana.
15 de junio
No todas las calles son luminosas. No todas las calles huelen a consumismo y derroche.
En los orígenes de la ciudad se regresa inevitablemente al pasado. Un pasado duro, de puerto incipiente, de buscavidas y malhechores. Un pasado marcado por rivalidades y desencuentros entre etnias, recién llegados, adinerados y necesitados.
La zona más antigua de Nueva York, el Lower East Side, el barrio que acogió a inmigrantes, estibadores y mujeres de supuesta vida alegre, ya no es lo que era. Sin embargo, conserva un aire de misterio y de ciudad áspera que nos recuerda que no todo es glamour en la ciudad del champán y los rascacielos.
7 de octubre
El viento golpea con fuerza la ventana de mi sencillo estudio, situado en una típica casa neoyorquina de cuatro plantas y escalinata de entrada.
El día amaneció soleado, pero ahora las nubes lo cubren todo. Las hojas comienzan a alfombrar las calles de Nueva York y los árboles adquieren los colores del atardecer. El otoño, con todos sus dilemas, ha llegado a la ciudad al mismo tiempo que yo.
La misma ilusión. El mismo afán por conocer y descubrir. Y el mismo inconveniente: la certeza de que toda experiencia es efímera.
No es momento de pensar en el mañana. Esta ciudad invita a vivir el presente. El mañana puede esperar. Aquí, más que en ningún otro lugar.
Recomendaciones
El Meatpacking District concentra algunos de los mejores locales para comer, cenar o disfrutar de un brunch. Entre ellos destacan Pastis y Spice Market. Merece también la pena subir a la terraza del hotel situado frente a Pastis para tomar una copa después de comer y disfrutar de las vistas. Aprovechando la visita, es recomendable pasear por el parque elevado que recorre el antiguo trazado ferroviario de la zona.
El 230 Fifth es, probablemente, una de las terrazas más emblemáticas y animadas de Nueva York. Las vistas sobre el Empire State Building son espectaculares.
El River Café, situado junto al puente de Brooklyn, ofrece una de las mejores panorámicas de Manhattan. Un lugar perfecto para disfrutar de unas ostras o de un buen Bloody Mary mientras se contempla el skyline de la ciudad.
En Stone Street, muy cerca de Wall Street, se pueden encontrar excelentes brunches a precios razonables. Otro clásico muy conocido es Prune, un pequeño restaurante del Lower East Side que se ha convertido en una referencia para los amantes de este tipo de comidas.
Para cenar, uno de los restaurantes más populares es TAO. Siempre animado y con una cuidada ambientación, se ha convertido en un clásico de la vida nocturna neoyorquina.
El Campbell Apartment, situado dentro de Grand Central Terminal, es un lugar magnífico para tomar una copa al final de la jornada. A última hora suele llenarse de ejecutivos que terminan su jornada laboral y buscan relajarse en un entorno elegante y cargado de historia.
El Corner Bistro presume de servir una de las mejores hamburguesas de Nueva York. El local es sencillo, auténtico y conserva el encanto de los establecimientos tradicionales de la ciudad.
También merece la pena dedicar al menos una jornada a recorrer Brooklyn y Queens. Contemplar el atardecer sobre Manhattan desde la otra orilla del East River es una de esas experiencias que permanecen para siempre en la memoria.
Para ver la Estatua de la Libertad existen varias opciones. La más económica es utilizar el ferry gratuito que conecta Manhattan con Staten Island. Sin embargo, una alternativa mucho más especial consiste en embarcarse en uno de los veleros que parten desde Chelsea y navegar por la bahía hasta aproximarse al monumento más famoso de Nueva York.
Y, por supuesto, perderse durante horas por Central Park. Inmenso, cambiante y sorprendente, es uno de esos lugares capaces de hacer olvidar, aunque solo sea por un instante, que uno se encuentra en el corazón de una de las ciudades más frenéticas del mundo.






