“¿Qué demonios hago aquí?”
Esa pregunta me la he hecho demasiadas veces en mis viajes: en lugares demasiado sombríos, demasiado pobres, demasiado fríos o demasiado calurosos. Y, sin embargo, siempre he encontrado una respuesta lo bastante sólida como para seguir adelante. Aun así, una de las ocasiones en las que con más fuerza he sentido que estaba cometiendo una auténtica locura sin sentido fue en Botsuana en el verano de 2003.
La noche ha caído y nos disponemos a pasar la primera noche en el Parque Nacional de Moremi, al norte del país. Nuestro guía, amable y aparentemente tranquilo, ha decidido que no es necesario dormir en ninguna de las zonas habilitadas para acampar. Dormiremos en una tienda de campaña, en pleno corazón del parque.
El mismo lugar donde hemos visto la mayor concentración de elefantes de África. El mismo lugar donde los búfalos atraviesan los caminos como si todo les perteneciera. El mismo lugar donde, apenas unas horas antes, observamos a tres leonas elegantes cazando impalas con una precisión sobrecogedora.
Y allí, en medio de la maleza, bajo una luna enorme y un cielo repleto de estrellas, levantamos nuestra tienda: insignificante, básica, frágil… tan frágil que roza lo irracional.
Los peligros son tantos que solo pensarlos produce un nudo en la garganta que casi impide respirar. Elefantes buscando sombra que podrían atravesar las tiendas sin darse cuenta. Mambas negras ocultas en la oscuridad. Hipopótamos a poca distancia, imprevisibles y territoriales. Y, aun así, ahí estamos.
Intentar dormir se convierte en una tarea imposible.
Y entonces comienza el espectáculo.
Un espectáculo real, no imaginado. A los pocos minutos de tumbarnos en la cada vez más ridícula tienda, un león rompe el silencio de la noche con un rugido profundo, poderoso, imponente. Un sonido que hiela los sentidos y paraliza la mente. No dejará de rugir en toda la noche.
A ese rugido se suman, poco después, otros sonidos: pisadas justo fuera de la tienda, ramas que se quiebran, respiración cercana. El terror es absoluto. A través de la pequeña abertura de la tienda distinguimos movimiento. Son hienas. Una jauría ha detectado nuestra presencia y merodea el campamento en busca de cualquier resto de comida.
Nuestro guía reacciona gritando y golpeando con fuerza las cacerolas para intentar ahuyentarlas. El ruido metálico se mezcla con los sonidos de la noche africana en una escena tan absurda como inolvidable.
No ha pasado ni una hora desde que nos acostamos, y para mí ha sido más que suficiente. Y todavía quedan muchas hasta el amanecer.
Nunca he deseado tanto ver salir el sol.
África es diferente, intensa e impredecible. Y si de día no te das cuenta, de noche lo entiendes con total claridad.





